La arquitectura y el cine
La arquitectura y el cine han guardado enormes similitudes desde la aparición de éste último, durante el siglo ante pasado. El cine ―como industria, producción y arte― necesitó, desde un inicio, de la arquitectura para escenificar las historias que necesitaba narrar. Las imágenes que debían mostrarse, al estar limitadas por el encuadre de la cámara, debían “representar” el espacio dentro del que se movían los actores.
Asimismo, éste segmento temporizado del espacio fue, desde un primer momento, si no arquitectónico, por lo menos proto arquitectónico pues evocaba un ambiente, un lugar y un espacio. Pero las semejanzas fenomenológicas sólo llegan hasta éste punto, ya que si bien la arquitectura “esconde”1 lo innecesario a fin de centrarse en la experiencia espacial, el cine “expone” lo que necesita del espacio para desarrollar la trama que necesita contar. Es decir, mientras que la arquitectura expone el espacio, el cine expone el efecto del espacio. De ahí, la diferencia entre arquitectura y escenografía.
Hasta aquí las referencias ínter textuales entre artes. Sin embargo, existen otras coincidencias. Se suele referir que la profesión más similar a la del arquitecto es la del director de cine. Ello porque ambos son los responsables de dar forma y plasmar una idea, con las herramientas y recursos técnicos más apropiados. O, como bien refiere el famoso arquitecto francés Jean Nouvel, “el cineasta y el arquitecto producen imágenes y afrontan parecidos desafíos; el cine ―y, en la misma medida, la arquitectura― son espacios de modificación”.
De esta manera, mientras un arquitecto hace uso de los materiales, la luz y las formas, el director de cine lo hace mediante un guión, el vestuario, la musicalización, etc. Por supuesto, teniendo en cuenta a personajes que cuenten, vivan y le den sentido a la historia, aunque sobretodo contando con un protagonista, un alter ego. Ése que, asumiendo la posición política del director, se hace cargo del discurso narrativo medular.
Así lo entendió Fellini al escoger siempre a Marcello Mastroianni para representarse a sí mismo (en “Ocho y medio” o “La Dolce Vitta”), Alfred Hitchcock al sublimar sus deseos de seductor con Cary Grant (“Atrapar a un ladrón” o “Notorious”) o, más recientemente, Quentin Tarantino al conjurar su miedo a las mujeres con Uma Thurman (“Kill Bill” o “Tiempo Violentos”). Finalmente, tenemos a Tim Burton, proyectándose a sí mismo como un buen mozo y distraído hombre excepcional e incomprendido con Johnny Depp (“El Joven Manos de Tijera” o “Ed Wood).
Siguiendo con las analogías, existe algo en el protagonista que lo convierte en el motor central que dignifica y le da sentido al guión, que articula la historia y nos ubica dentro de la particular visión que el director de cine nos quiere transmitir. Asimismo, en estas épocas posmodernas, la mayor similitud entre cine y arquitectura, quizá, no sea la existente entre las artes propiamente dichas, sino aquella basada en la profesión que se le está otorgando al protagonista. Lo menciono a raíz de la novedosa película “Ruidos Mortales” en la que el protagonista ―Michael Keaton― es arquitecto.
Los arquitectos para la sociedad

Para la mayoría de personas que va al cine puede haber pasado por desapercibida la frecuencia con la que los arquitectos suelen ser los protagonistas de la película, pero dicha continuidad es alta y no es, aparentemente, gratuita.
Esto porque si el arte es el reflejo de la sociedad (o es el arte el que suele adelantarse a ella), tal vez, los arquitectos son los voceros más apropiados de un cine que, físicamente, se ha vuelto más urbano y ha devenido en contar historias que suceden dentro de las ciudades.
Si el arquitecto es, en muchas ocasiones, el primer entusiasta en experimentar con la tecnología, los avances sociales, la estética, la ciudad y la interpretación de ella, de repente, su imagen física es la que también representa a la persona promedio (no mediocre) que puede encontrar en sí mismo la respuesta a un determinado conflicto urbano. Y el cine parece entenderlo así.
Si (como decíamos líneas atrás) el cine se ha “urbanizado”, el rozamiento social y los conflictos entre millones de personas conviviendo en mínimos espacios han redundado en historias que hablan de dichas situaciones, quizá, la representación física autorizada es la del encargado de entender dichas disyuntivas para poder darle forma a las ciudades: el arquitecto.
Además, desde el principio del séptimo arte, la presencia del protagonista ―como comunicador empático de la historia― estuvo marcado por una cualidad particular: el tiempo. El héroe, el actor principal o protagonista (según se prefiera ver) es un tipo que tiene tiempo. Tiempo para hablar, para que le sucedan cosas o para permitir que estas sucedan alrededor de él mismo. Una persona que puede realizarse o no, pero que destina gran parte de su presencia temporal demostrándonos ―metafórica o efectivamente― una pasión, un conflicto o una imposibilidad de vivir.
El arquitecto: libertad, deseo y honestidad
Los protagonistas suelen necesitar de un tiempo porque deben mostrar sus conflictos, dentro de cualquier sector de la sociedad que lo conceda. Así los personajes principales suelen ser policías anti-sistema, millonarios insatisfechos de sus éxitos, espías con fines que no justifican los medios (aunque se los permitan), bomberos que en el fondo quieren ser pirómanos o detectives privados que juegan al héroe marginal o al anti héroe. Ellos trabajan por su propia cuenta o, en cualquier caso, están en control de algún tiempo que se forjan dentro del espacio personal que les permiten sus obligaciones cotidianas. Sin embargo, es mejor aún cuando son free lances a tiempo completo.
La historia puede profundizar en lo íntimo, en el espacio privado y los sentimientos complejos que suceden cuando el personaje dispone de tiempo para y consigo mismo. Entonces, ¿existe alguna mejor imagen que la del arquitecto?
Los arquitectos suelen ser personas muy disponibles en términos de tiempo, lo manejan sin depender de horarios, sino de plazos. Ellos representan una moralidad respaldada por la constante obligación de demostrar una idea ―que suele ser intangible y muchas veces ininteligible―, por motivos imperiosos, auténticos, legítimos. Suelen ser profesionales (en el mejor sentido de la palabra) porque cuentan con obligaciones, cronogramas y presupuestos que, además, pueden dilatarlos por causas mucho más importantes como, por ejemplo, el perfeccionamiento de la idea que debe demostrarse.
Son tipos abstractos ―cronológica y conceptualmente―, aunque con una moral que radica precisamente en principios que traspasan los meramente profesionales. Son paradójicos (limitados por un espacio definido que, al mismo tiempo, no existe sino hasta que se construye), contradictorios (las ideas pueden cambiar dependiendo de nuevos requisitos), complejos (perceptivos en lo intangible y distraídos en lo accesorio) y sensibles hasta el grado de no poder comunicar el discurso tal cual, sino como debe escucharse. Siempre con un paso detrás o delante de la moda imperante. Nunca elegantes (si ello se entiende como “incomodidad”), aunque aclarando que tienen suficiente personalidad como para ponerse lo que desean porque no deben rendirle cuenta a nadie de su apariencia. Listos pero no aburridos, cultos pero no eruditos. Son apegados a la meditación como a la conversación, muy cuadriculados a veces, pero capaces de ser perdedores por permitirse ser esclavos de sus sentimientos y del eterno conflicto entre el afecto y la razón.
Son modernos y clásicos al mismo tiempo. Nunca tan pendientes de la moda como para adelantarse a ella, aunque tampoco tan distraídos de ella como para no guardar una actitud o un estilo. Relajados en lo personal, pero no demasiado en lo comercial (como para perderse un proyecto, por ejemplo).
Gráficos y elocuentes en sus explicaciones y, sin embargo, crípticos para la mayoría de sus clientes y amigos que no son arquitectos. Pero sobretodo con metas e ideales por los cuales luchar, porque esperan que sus ideas se respeten (porque las ideas necesitan ser respetadas en sí mismas y por sí mismas). De ahí, la ética que se les atribuye.
Si aún no queda claro, hay que recordar la indignación de Paul Newman en la película “Infierno en la Torre”, al darse cuenta de que no se habían seguido las especificaciones técnicas en los planos de su rascacielos. Como consecuencia de ello, él se sintió en la obligación moral ―aún con el riesgo de su propia integridad física― de intentar salvarla (con impecable caqui) personalmente. ¿Acaso ésta no es una demostración de ética profesional?
¿Podría existir alguien más integro que Tom Hanks en “Sinfonía de Amor”? Hanks, volviendo a sus raíces más básicas ―al establecerse como profesional liberal en una cabaña primitiva en medio de Seattle, luego de la muerte de su esposa― abandona su carrera en una exitosa firma de Chicago para poder acercarse a su hijo. No creo que un abogado lo habría tomado con tanta gravedad. Menos, por ejemplo, un ejecutivo, un yuppie o cualquiera que deba mantener un puesto por ser parte importante en el engranaje del sistema capitalista (de seguir produciendo dinero o morir) de cualquier sociedad post industrial que obliga a la eficiencia y al éxito.
Entre la ética y la profesión
Los arquitectos suelen ser también moralmente intachables, como lo es Gary Cooper en la famosa película “El Manantial”. En defensa de su propia ética profesional, este personaje demuele un proyecto que concibió como moderno, pero que había sido adulterado historicistamente y ejecutado sin su consentimiento o, peor aún, con engaños. Aquí, Howard Roark denuncia a la sociedad durante un juicio que le hacen a él y sale absuelto gracias a un discurso de moralidad, propiedad intelectual y derecho de autor que expone delante del típico jurado-conciencia-USA que los juzga y que termina, eventualmente, con el rabo entre las piernas2.
Recuerde también la vengativa y justificada reacción de Charles Bronson en “Venganza Mortal”, al enterarse que toda su familia ha sido asesinada por una banda de maleantes. Los liquida a todos, sistemática y organizadamente, como si de un proyecto de gran complejidad se tratara. Si bien los arquitectos viven dentro del sistema, desconfían de él. No lo acogen indiscriminadamente, sino lo interpretan constantemente, identificándolo y supervisándolo. Para cualquier efecto práctico, no importa donde se ubiquen siempre y cuando éste no choque con ellos en lo íntimo, donde radica la integridad profesional.
La coherencia personal es lo único que no se negocia, por eso cuando la sociedad hiere sus sentimientos, su mundo interno, sus convicciones personales de justicia distributiva, de equidad, ética, dice “¡Al diablo con la sociedad!” Dicho discurso no podría ser ejercido, por ejemplo, por un abogado que debe sostener el sistema cínicamente, sino por alguno que sabe cuál es su ubicación y cuándo entra o sale de aquél. Por ése que puede verlo desde afuera, sin ser infectado por él (o por lo menos representan a alguien así).
En “Something about Mary”, Mat Dillon sabía que la única manera de conquistar a Mary era haciéndose pasar por un arquitecto. Suplantándolo se otorgaba un valor agregado que lo hacía ver críptico, enigmático, excéntrico, extravagante o cualesquiera de las cualidades que significa tener una labor semiartística, cuasitecnológica y protoindustrial.
Con ello, no intento afirmar que la profesión de arquitecto sea la más apropiada para representar a personajes en singulares conflictos o en situaciones de crisis, ya sean positivas o negativas. Intento recalcar que la imagen del arquitecto ―por su independencia profesional, deseo de íntima veracidad y comportamiento ético-estético― es, quizá, la más indicada para describir ilusiones y aspiraciones contemporáneas, por mantener una identidad integra instalada más en nuestras ideas que en los derroteros egoístas o masificadores de la sociedad.
A estas alturas del nuevo siglo, tal vez, un arquitecto representa algo. No lo sé. Quizá, precisamente por el simple hecho de no representar al ciudadano estándar (con el que nadie en la sociedad suele identificarse) el cine ha logrado sintetizar la imagen de un hombre básicamente “decente”, entendiéndose la decencia como la coherencia con las propias aspiraciones y sensibilidades. Así, esta palabra se le atribuye con misticismo, en el sentido de su martirio personal y en pos de las más íntimas concepciones del mundo. Un rebelde en el sentido no sólo de la acción reactiva, sino de una reacción proactiva contra los estándares alienadores de la sociedad. Alguien que quiere demostrarse a sí mismo que, al margen de los infortunios, se puede seguir apostando por las ideas, los conceptos y los ideales perdidos donde puede que también el cine, como ironía final, esté representándonos a los arquitectos como siempre quisiéramos vernos.
Actores-Protagonistas, película, director. Año:
- Boris Karloff en Black Cat, de Edward Ulmer.1934
- Errol Flynn en Objective Burma, de Rayoul Walsh. 1945
- Gary Cooper en The Fountainhead, de King Vidor. 1948
- Ray Milland en The Girl in the Red velvet Swings de Richard Fleisher. 1955
- Henry Fonda en Twelve Angrimen, de Sidney Lumet. 1957
- Kirk Douglas en Strangers when we Meet, de Richard Quine. 1960
- Charlton Heston en The Agony and the Extasis, de Carol Reed. 1965
- Albert Finney en Two for the Road, de Stanley Donen. 1967
- Orson Welles en Upon this Rock, de Harry Rasky. 1970
- Charles Bronson en Death Wish, de Michael Winner. 1974
- Paul Newman en The Towering Inferno, de Irwing Allen. 1974
- Martin Sheen en Loophole, de John Quested. 1981
- Jack Lemonn en It’s my Life de Blake Edwards. 1982
- Tchery Karyo en Les nuits de la pleine lune, de Erich Rommer, 1984
- Robert de Niro en Falling in Love, de Ulu Grosbard. 1984
- Tom Selleck en Three men and a a Baby, de Leonard Nimoy. 1987
- Marcello Mastroianni en Oci Ciorne, de Nikita Michalkov. 1987
- Griffin Dunne en Me and Him, de Doris Dörrie. 1987
- Brian Dennehy en The Belly of an Architect, de Peter Greenaway. 19883
- San Watherson en Hanna and her Sisters, de Woody Allen. 1990
- Woody Harrelson en Indecent Proposal, de Adrian Lyne. 1992
- Steve Martin en Housesitter de Frank Oz. 1992
- Wesley Snipes en Jungle Fever, de Spike Lee. 1993
- Richard Gere en Intersection de Mike Figgis. 1993
- Tom Hanks en Sleepless in Seattle, de Nora Ephron. 1993
- James Spader en Dream Lover, de Nicholas Kazan. 1994
- Jeff Bridges en Fearless de Peter Weir. 1994
- Mat Dillon (haciendo las veces de) en Something about Mary de los Farelly Brothers. 1998
- Mathe Perry en Only Fools Rush in de John Sumersbiyth. 1999
- Mira Sorvino en Out of Sight de Irvin Winkler. 1999
- Mathew Perry y Oliver Pratt en Three to Tango de Damon Santostefano. 1999
- Michael Keaton en White Noise, de Geoffrey Sax. 2005
1“El Arquitecto detenta…el poder mitológico y lógico sobre la técnica. A él cabe la obligación de saber cómo se realiza la construcción y cuál es su significado. Pone orden; pero para tal fin debe tejer tramas, poner trampas, hacer redes, esconder maquinaciones, urdir engaños; es un estratega: es una de las muchas máscaras de Ulises.” ROBERTO MASIERO: “Estética de la Arquitectura”- Editorial MACHADO LIBROS; 2003.
2El famoso arquitecto finlandés Alvar Aalto hizo lo mismo cuando le intentaron colocar un anuncio de neón en la parte superior del Ayuntamiento de SÄYNÄTSALO. Fue y personalmente lo destruyó. Cuando la policía lo detuvo y procesó, alegó que lo había hecho en defensa propia pues su trabajo había sido atacado e insultado.
3“Profesión y ficción”, Jorge Gorostiza”, Revista “Arquitectura Viva” # 13, Julio-Agosto 1990.
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Escribe: Arq. Alfredo Queirolo de Armenteras
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